Ayer se jugó en mi ciudad el derby Sevilla-Betis. ¿Y qué?.

Bueno, pues , hoy un amplio grupo de personas no tuvieron ganas de levantarse, no tuvieron ganas de encontrarse con los compañeros de trabajo, con el camarero del bar donde desayunan habitualmente, con el vecino del cuarto, con los conocidos del baririo, en definitiva, con el mundo.

Sin embargo, otro amplio grupo de personas, saltaron de la cama y desde el mismo momento que pisaron el suelo una gran sonrisa iluminó sus caras, tenían unas ganas inmensas de ver al compañero de trabajo, al camarero del bar, al vecino, al conocido del barrio, hoy un amplio grupo de personas se levantaron pletóricos.

De todos elllos, ninguno participó de ese evento, ninguno pudo hacer nada por remediar  o cambiar  nada. Todos fueron expectadores pasivos del juego de unos cuantos, de otros.

Todos, cuando sonó el relog esta mañana, se sintieron de una u otra forma, al margen de sus propias vidas. 

Y yo, que odio el futbol, que odio hasta como suena, sus chicos perfectos, sus señores importantes, sus cifras indecentes, yo, y sin que sirva de precedente, tengo que decir hoy: “ole el futbol”