Esa enemiga, la AUTOCRÍTICA…

La autocrítica es uno de los peores enemigos de la autoestima.

Una persona con autoestima elevada también critica sus acciones y decisiones, pero de una manera sana, racional y que conlleva mejoras.

Es necesario distinguir los propios defectos y enfrentarlos, proponernos hacer lo mejor posible para que éstos no se sigan repitiendo.

Autocrítica  constructiva es la capacidad de auto evaluarse y de ser sincero/a con uno mismo, admitiendo que nadie es superior que los demás (salvo Dios) y que todos cometemos errores, por lo que debemos esforzarnos para ser mejores y así, con la autocrítica, se puede ir madurando cada día más.

Por el contrario, existe una autocrítica destructiva que sólo consigue desestabilizar, culpabilizar y reducir nuestros niveles de autoestima. Es esta autocrítica la que debemos combatir.

Lo primero para poder luchar contra la autocrítica es identificarla.

En nuestra mente existen dos “voces”: la voz sana, que se acepta y esslaautocrítica objetiva y racional, y la voz patológica, que es la que critica de forma destructiva.

Tenemos que aprender a distinguirlas, darnos cuenta de cuando nuestros pensamientos son dañinos y no conducen a nada positivo. Una vez identificada, debemos reflexionar sobre la función de esa voz.

Si nos está diciendo algo, es por alguna razón, por lo que debemos escucharla a pesar de que nos lo esté diciendo de modo equivocado. Puede que esté intentando que hagamos algo que sería bueno para nosotros o que nos esté protegiendo de sentimientos dolorosos. Ejemplos:

“Eres un vago y no haces nunca nada bien”: Nos está indicando que deberíamos ser más activos en nuestra vida y mejorar nuestro rendimiento.

Cuando tenemos identificada a nuestra voz crítica y podemos reflexionar sobre lo que de verdad nos esta diciendo, estaremos capacitados para  eliminar su parte destructiva y ponernos en el camino de conseguir lo que nos está pidiendo de modo positivo y sin culpabilizarnos. 

Si esta voz autocrítica es muy persistente y dolorosa y se resiste al cambio, a veces es necesaria la ayuda de un profesional cualificado.

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Muchas veces no necesitamos que los demás opinen sobre nosotros o nos digan si hemos hecho algo mal o si somos culpables de algo. En muchas ocasiones somos nosotros mismos los que “nos convertimos en nuestro propio verdugo”.

Seguro que has pasado por situaciones en las que te sentías fatal por haber hecho algo. Incluso mucho tiempo después te habrás encontrado dándole vueltas a lo mismo, torturándote, sintiéndote culpable y castigándote por ello.

¿Por qué hacemos eso? ¿Por qué somos tan duros con nosotros mismos? ¿No sería mejor tratar de arreglar la situación en lugar de seguir haciéndonos daño?

Trata de hacer un sencillo ejercicio. Piensa en  algo de tu pasado por lo que aún te sientas culpable e imagina que te cuentan que eso mismo lo ha hecho otra persona, alguien que quieres (un familiar, un amigo cercano…). Ahora imagina lo que pensarías de esa persona. ¿ tratarías de comprenderla, de entender por qué lo hizo, de disculparla?  Entonces, ¿por qué no eres capaz de hacer lo mismo con tus propias acciones?

Nadie es perfecto. Todos hemos cometido errores, todos hemos hecho daño en algún momento a alguien a quien queríamos pero seguir torturándonos por ello eternamente sólo servirá para que sigas sufriendo inútilmente.

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